martes, 25 de junio de 2013


Queridos seres únicos:

Os recuerdo que ahora escribo desde http://facebook.com/enunmundodegrises. Los motivos, principalmente, son que escribir en una página de Facebook me permite tener más audiencia, esto es, llegar a más gente (¿quién no tiene Facebook hoy en día?), además de que facilita la interacción de los lectores al poder comentar, compartir y darle a "me gusta" a cada texto. Por si fuera poco, como administrador, tengo acceso a estadísticas y a opciones de promoción. Un lujo, vamos. Y poco más, espero que sigáis leyéndome.

Un fuerte abrazo.
 

lunes, 27 de mayo de 2013

Diálogos de madrugada II


—Todos los chicos sois iguales, sólo pensáis en follar.
—Eso es injusto, y lo sabes.
—¿Entonces no quieres follar?
—No he dicho eso. Quiero follarte, y luego quedarme para el desayuno. Y para el almuerzo. Y un poquito para siempre. 
—¿Y para toda la vida?
—Quién sabe.
—Lo que pasa es que me han hecho mucho daño, ¿sabes?, los hombres...
—Y a mí las mujeres, por eso escribo tan triste.
—Nos hemos dedicado a ir rompiéndonos en los brazos de otros. Y en las camas.
—Y, a veces, ni eso. A veces sólo bastaban un par de silencios y unos cuantos kilómetros.
—Sí... 
—¿En qué piensas?
—En que quiero quererte, pero no sé, nunca he sabido hacerlo muy bien.
—Nadie sabe querer bien del todo. Supongo que es algo que se aprende con los años, y con los daños, y cerrando los ojos y besando cicatrices ajenas. El amor es un gran acto de fé.
—No te pongas tan filosófico que me pierdo.
—Es que quiero besarte. 
—Y yo quiero que me beses.
—¿También estás perdida, no es cierto?
—Yo... tú sólo bésame, y ya te responderé mañana.
—¿Qué querrás para desayunar?
—A ti, pensaba que ya lo sabías.
—Lo suponía, pero la certeza es mucho más bonita que la suposición. ¿Por dónde íbamos?
—Creo que por no sé qué de dos chicos perdidos, y el chico se disponía a besar a la chica...
—Qué historia tan bonita. 

Y esa noche nunca fue demasiado tarde para ninguno de los dos.


Recaídas


Y allí estábamos los dos, un poquito sin saber cómo decir que aún nos queríamos. No, espera, no queríamos decirlo; sólo queríamos dejar de sentirlo. Cerrar los ojos y escapar, como siempre. Y es que no podemos cicatrizar tan rápido las heridas del corazón, supongo. No podemos despertarnos una mañana y cambiarnos los sentimientos mientras nos quemamos con el café. Y ese, quizá, es el problema: que a veces la razón dice sí muy fuerte, y el corazón niega con la cabeza. No preguntes quién termina cediendo, lo sabes muy bien; ayer te besé con la mirada sin que te dieras cuenta. Y me gustaría que no me tentasen tus esquemas, oye. Y es que esos besos que algún día fueron míos, habiéndolos perdido, es un poco como notar un vacío en mi boca. No podría encontrarle otras palabras a ese querer, pero no quererte. A ese tren que me lleva de vuelta a donde ya fui y de donde escapé hace algún tiempo: a tus brazos. A tu ese algo que me enamoró un día, y que seguirá ahí, supongo, pero yo, ya, no quiero. Yo ya sólo sonreír como un tonto y esperar que me consideres curado del amor, que de repente empezó a matarnos sin llamar a la puerta. Y ni triste ni bonito, como la vida misma, el tiempo sigue pasando sin nosotros saber muy bien por qué pasa, y que probablemente no pase por nada en concreto. Ya ves que sigo sin saber escribirle finales a las historias tristes. A nuestra historia. Y así es un poquito toda mi vida.

Sobre aquello


Era un poquito dejarse llevar, sino no, sino quererla terminaba asfixiando, como una de esas noches calurosas de agosto en las que ni siquiera puedes dormir. Y es que ella era también un poquito insomnio. Recuerdo... recuerdo que un día la llevé a ver un atardecer. No era el atardecer más bonito del mundo, pero tampoco importaba, recuerdo que allí, a su lado, sin prestarle atención a nada que no fuese suyo, odié no poder detener el tiempo. Odié que el contacto no fuese excesivo, que no hubiese suficiente ración de besos. Si existe un límite en todo, os aseguro que no había ninguno en las ganas que le tenía. Que yo aprendí a desvestirla sin tocarla, chicos. Que aprendí a fotografiarla con palabras, en poemas que nunca me atreví a escribir. Que aprendí a besarla sin rozar sus labios. Aprendí, y qué bonito, a echarla de menos cuando estaba. A morir un poquito cuando se iba, y cuando decía "adiós" y sonaba como un disparo. Que yo por ella dejé de perder todos los trenes. 

No sé. Aquello fue hace mucho, y si cierro los ojos sólo puedo escribir lo bonito, que ha quedado como una pequeñita y, sí, vale, preciosa cicatriz. Al final, dicen, y será verdad, que el tiempo sólo nos hace guardar las cosas buenas. Los atardeceres como aquel. Las tantas noches de mirarnos sin decir nada. Las muchas sonrisas al verla aparecer, ya por el horizonte, y que conforme se acercaba más, yo latía más fuerte. Como si me fuese la vida en ello. Como sí, y supongo que así era, me fuese la muerte sin ella.

Hablando de necesidades, ¿tú bien?


Que no quiero que vuelvas, lo que yo quiero es que no te vayas nunca. Que no quiero finales felices, ni poemas bonitos, ni domingos de mantita y peli, ni París; yo lo que quiero es que estés. Eso es todo. Que estés y me mires, cuando me derrumbe por dentro, y que me cojas de la mano muy fuerte cuando empiece a romperme, y que me digas que no, que no merece la pena, cuando ponga los ojos en blanco y me entren ganas de llorar. Quiero que me abraces el insomnio por las noches, que me entiendas los silencios y que cantemos alguna canción de Radiohead en la ducha. Que me pases el humo, que me beses sin motivos, que me improvises sonrisas y quiero no tenerle miedo a los lunes a tu lado. A tu lado, todo, sino nada. A tu lado sonriendo o llorando, qué más da, hace tiempo que me maravilla la belleza de lo triste. Hace tiempo que planifico un futuro contigo, como si fuese la salida de emergencia de mi vida. Y es que creo que sigues sin entender que yo me reduzco a un montón de ojalás que se parecen mucho a tu forma de besarme. Nadie va a entender mejor que tú esta tonta necesidad de cerrar los ojos y que, al abrirlos, sigas ahí, a mi lado, sin que te asusten ni mis cicatrices ni mis ganas asfixiantes de escapar. Que sigas ahí ayer, hoy y mañana. Y hasta que se nos sequen las ganas y nos preguntemos qué hora es nada más levantarnos, mareados ya de girar con el mundo. No sé, me ahogo un poquito al no poder expresarlo mejor. Al comprobar que las palabras, a veces, no están dispuestas a hablar de esto: de lo de dentro. Así que, cariño, cierra los ojos con fuerza. Lo haces muy bien. Sí, muy bien...